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ActualidadLa muerte de la verdad

La muerte de la verdad

Dicen que es la primera víctima de la guerra. La verdad, como la realidad más profunda de la consciencia (consciencia humana, por si acaso existe otra que nos observa en silencio) es una condición constitutiva de la humanidad, ella no existe fuera de la humanidad. La verdad es poderosa, pero no es esa entelequia que desde fuera ha servido para hacer la guerra, apuntando a la conciencia, para que unos seres impongan su voluntad sobre otros en su nombre como diosa divina. Es poderosa porque no es divina sino terrenal, afianza la fuerza que necesita la humanidad para sostenerse consciente de sus actos, de sus acciones, y sus consecuencias. Un verdadero científico, sin la verdad no es nadie, cuando sobre ella se imponen prejuicios y emociones sociales, que distorsionan la consciencia de nuestra verdad, de la propia verdad que mueven nuestras acciones. Igual pasa con un revolucionario, sin la verdad es un ser exaltado, no más que eso.

El problema de esas ONGs que tanto se apoyan en la verdad para darle razón a sus objetivos – PROVEA, por ejemplo, o esos grupos de “Observatorios”, que se ocupan de ver lo que se supone no ve la gente de a pié – está en que ellos, en nombre de la verdad, también mienten, no se reconocen como organizaciones políticas que sirven a objetivos políticos anteriores a la verdad que dicen defender, que sirven a otra verdad, la “entelequia” desde la cual algunos pretenden dominar al resto del mundo. Pretenden desvelar una mentira con otra mentira, haciendo que una guerra se transforme en “otra guerra”, la cual pulsa a ver quién es el dueño absoluto de la verdad, porque tanto un lado como el otro sabe que quien la posee dominará al resto de los seres.

Sin embargo la verdad existe, no afuera, no divina, sino dentro de cada individuo, en la consciencia que controla nuestros actos y sus consecuencias, podríamos describirla como una conciencia trágica de la vida, que no nos “salva” pero nos ayuda a ser mejores seres humanos, más dignos, más morales, de más carácter, responsables y verdaderamente libres.

El problema de la verdad es que ahora no tiene ningún valor político o moral (y en muchos casos filosófico), de tanto que ha servido para ocultar la otra verdad, la que nos molesta y nos atormenta, la que sustenta las verdaderas acciones humanas, nuestra acciones, y además las prácticas e intenciones ocultas de aquellos que pugnan por el poder en esos mismos términos o métodos doblados, torcidos, manipulados por la psicología de masas, matando la verdad de tanto estrujarla en los discursos, tratados, mítines, manuales de filosofía y sermones.

Pero, en otros tiempos, cuando la guerra se libraba sin razones ocultas, la verdad contaba con buena salud. Roma hizo la guerra como una fuerza civilizadora sin engaños, Aníbal Barca la hizo contra Roma para expandirse como imperio, sin dar muchas explicaciones. No obstante, para que Estados Unidos pueda penetrar las defensas del enemigo sin tantos costos de recursos materiales y humanos, se apoya en un discurso falso, en nombre de la verdad, la libertad y la democracia, a nombre de tres entelequias sin asidero en las prácticas humanas de sus políticos, militares e intelectuales, y mucho menos de sus empresarios.

Dicho esto, lo que resulta más ridículo es que sus contrarios, aquellos que hablan y actúan en nombre de los pueblo sometidos, respondan a estas manipulaciones de la misma manera, con el mismo método, es decir, el de negar la realidad, disimulando en trasfondo que los hace cómplices con lo imperios. Tarek, el fiscal, denuncia que una ONG miente al denunciar que una joven fue encarcelada por protestar a favor de los maestros, pero ¿Quién le cree? Es difícil creerle a alguien que ha defendido con dramática pasión a todos los mentirosos de este gobierno… Y lo contrario ¿quién le cree a PROVEA?, que ha defendido los derechos humanos de conspiradores, pero es incapaz de defender los derechos humanos de las víctimas del capitalismo. La primera víctima de esta guerra entre pinochos es la verdad, encadenada en el fondo oscuro de sus conciencias a una piedra.

La modernidad y su expresión más decadente, el capitalismo, es un cotidiano relacionarse en sociedad ocultando la verdad, y cuando esta aparece es sacrificada, como Cristo; “La muerte de Cristo”, de la que habla Wilhelm Reich. Es por eso que la verdad es siempre revolucionaria y peligrosa para este sistema.

“Revolución es – decía Fidel Castro –no mentir jamás”, que es otra forma de decir, “vivir – como individuo – lo más cerca posible de la verdad”. La verdad es una conquista individual, personal y que puede llegar a ser social en una nueva sociedad, la que supere al capitalismo; es “el hombre nuevo” del Che, “El hombre en socialismo”, tal y como lo pensó Wilde, o Einstein, ¡Marx! Todos ellos pensaron la verdad como una realización personal, no como un estadio ulterior, abstracto, una “tierra prometida” a la cual se llega y de forma mágica, que te limpia el espíritu, que te lava tus “pecados” capitalistas, tus mentiras y astucias fútiles mezquinas.

La “mentira capitalista”, burguesa, liberal, pequeñoburguesa, moderna, es un sistema de cómplices. Basta seguir a alguien en Facebook y ver sus historias cortas de “momentos felices”; la mejor forma de negar el dolor y la muerte. Nadie tiene derecho a ostentar de la muerte o del dolor humano en las redes sociales o en los medios de información, más bien la gente debería aprovecharse de estos medios para enseñar a otros a vivir con los dos, o buscar cómo aliviarlos, cuando no son inevitables. Pero tampoco hay derecho de ostentar – en base a la mentira – de la felicidad, en un mundo lleno de desamparo, de dolor y muerte; a ostentar de una mentira compartida por una sociedad de cómplices, de pendejos que niegan el dolor y la muerte haciéndose selfies todos los días en unas vacaciones interminables.

Es el síndrome de “Iván Ilich” visto al revés, del hombre consciente de que muere, ¡no de viejo!, ¡no de enfermo!, sino por la indiferencia del resto de unos seres humanos, de aquellos que más quiere (o que más quiso), y que no pueden ni quieren acercarse al dolor y la muerte, así sea la de sus propios familiares y amigos, negándose estas en un mundillo de fatuidades. En esta sociedad, nombrar la enfermedad y la muerte, en su sentido humano y existencial, es socialmente de mal gusto, en este mamarracho de sociedad. Ahora la poesía no canta al dolor y la muerte como una condena irremediable humana, dejó de ser trágica su sabiduría. Ahora la poesía sólo sabe decir del dolor pendejo de los mal queridos, se ha hecho dramática y llorona, una forma “bien bonita” de expresar la melancólica burguesa.

En cualquier terreno la verdad siempre se impone y se impondrá, mientras seamos los seres humanos los depositarios de ella.

¡CHÁVEZ, VOLUNTAD DE VERDAD!

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